Te despiertas. El instinto zumba silenciosamente en la parte posterior de tu cráneo como un refrigerador que has aprendido a ignorar, pero está ahí. Siempre está ahí.
Hoy es sábado. Necesitas comestibles. Un recado sencillo. Te dices a ti mismo que todo estará bien.
Tomas tus llaves y sales por la puerta.
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