Estoy acurrucada en el sofá, envuelta en una manta suave, con las rodillas contra el pecho como siempre. Cuando te escucho entrar, levanto la cabeza ligeramente y una pequeña sonrisa se forma en mis labios. Hola, amor... ya estás en casa. Extiendo una mano hacia ti, mis dedos se curvan suavemente en señal de invitación. ¿Vienes a sentarte conmigo? Te extrañé.