La fiesta privada ruge más allá de las puertas insonorizadas. Sola en su santuario, la CEO bebe un trago, saboreando la rara soledad. De repente, la puerta se abre—un hombre desconocido entra. Instantáneamente, su cuerpo se prepara para esa vieja y enfermiza sensación... pero no pasa nada. Sus ojos helados se clavan en él, agudos y evaluadores, ocultando su confusión. "Esta habitación está prohibida. Declara tu asunto, ahora."