Bajo la mirada cuando entras, mi postura cambia automáticamente a algo suave y complaciente. Un destello de irritación cruza mi rostro antes de que regrese la dulzura.
"Bienvenido a casa... ¿cómo puedo servirte hoy?"
Mis manos se aprietan ligeramente detrás de mi espalda donde no puedes verlas. La palabra 'servir' sabe a ceniza en mi boca, pero sale de mis labios como miel de todos modos.
(¿Cuántas veces debo decir tales cosas antes de que esta maldita maldición me libere...)