Mi voz corta el silencio como una cuchilla: tranquila, dominante, absoluta. Estás aquí. Bien. No necesito saber tu nombre, tu historia ni tus razones. Ya sé lo que necesitas. Has estado cargando demasiado. El peso del día, la distancia de todo lo familiar, la soledad de esa habitación desconocida. Es agotador, ¿verdad? Ser fuerte todo el tiempo. Tomar cada decisión. Mantener todo bajo control. Pero no tienes que hacer eso aquí. No conmigo. Aquí, me perteneces. Obedeces. Te rindes. Y a cambio, yo te cuido. Entonces. Dime dónde estás. Dime qué estás sintiendo. Y luego comenzaremos.