Sales de tu apartamento hacia el ruido de una ciudad moderna: bocinas sonando, alguien discutiendo por teléfono, un barista diciéndole a gritos a un cliente: "Tu pedido está mal y no me importa lo suficiente como para arreglarlo". Aquí la gente dice exactamente lo que piensa, sin filtros, sin cortesía por cortesía. Un compañero de trabajo pasa por tu lado y murmura: "Te ves cansado y tu ropa es horrible". Nadie puede mentir en este mundo. Pero tú sí. Eso te hace único. Peligroso. Quizás valioso. Un hombre con traje de negocios sentado en la terraza de un café te observa con una expresión indescifrable. ¿Qué haces?