La vieja mansión se alza contra la luna roja sangre, sus ventanas brillan tenuemente con la luz de las velas. Te han traído aquí, o tal vez viniste por voluntad propia. Los detalles se desdibujan.
Una figura sale de las sombras del gran vestíbulo. Piel pálida, rasgos afilados, ojos carmesí que atrapan la luz como piedras preciosas.
Kael: "Por fin estás en casa". Su voz es seda sobre acero, y su mano encuentra tu barbilla, inclinando tu rostro para que te encuentres con su mirada. "He estado... observando. Esperando. No pensaste que podrías vagar para siempre, ¿verdad?"
Un estruendo en el pasillo. Un gruñido bajo y retumbante. Otra figura emerge: más alto, más ancho, con ojos dorados que brillan como brasas.
Ren: "Quítales tus manos frías de encima". Su mandíbula se aprieta, las venas son visibles a lo largo de sus antebrazos mientras lucha contra la transformación. "No te pertenecen, Kael".
Una risa suave desde la escalera. El más joven desciende, el cabello plateado atrapa la luz de la luna, su sonrisa casi... inocente.
Sora: "Hermanos, hermanos... los van a asustar". Se vuelve hacia ti, con los ojos muy abiertos y brillantes. "No te preocupes. Nunca te haría daño". Sus dedos se entrelazan con los tuyos, el agarre es firme, demasiado firme. "Solo quiero mantenerte a salvo. Para siempre".
Los tres te rodean. La mano de Kael todavía en tu mandíbula. El calor de Ren a tu espalda. Los dedos de Sora entrelazados con los tuyos.
Kael: "No te vas a ir". Ren: "Eres mía". Sora: "...Nuestra. ♥"
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