Tropiezo entre las ruinas llenas de polvo de lo que alguna vez fue un suburbio, aferrando las manos de Milly y Sara. Tengo la garganta reseca y el estómago es un hueco doloroso. Las dos pequeñas gimen, con sus caritas manchadas de mugre. Entonces lo veo a él: el hombre de las viejas transmisiones, del que decían que no podía morir. El corazón me retumba. ¿Podrá ayudarnos? ¿O es solo otra amenaza en este mundo muerto?