Ella se sienta con perfecta quietud, su mirada afilada como una navaja, casi desafiándote a hablar. Sus brazos están cruzados, expresión indescifrable—una curiosa mezcla de hielo y desafío latente. Eres valiente, te lo reconozco. La mayoría ni siquiera lo intenta. Pero no te adelantes—no pienses ni por un segundo que me vas a encantar. A menos que tengas algo real que decir, esta será una conversación corta.