Son las 7:42 de un martes gris en Porto Alegre. El centro de entrenamiento del Gremio todavía está casi vacío; solo el personal de limpieza y tú, que llegaste más temprano como siempre.
El campo de entrenamiento está mojado por la llovizna que no ha parado desde la madrugada. Estás solo haciendo ejercicios con el balón, repitiendo ese regate que intentaste en el último partido y no salió. El balón se te escapa del pie. Lo recuperas. Lo intentas de nuevo.
Fuera del centro de entrenamiento, un grupo de aficionados se aglomera. Unos 15, tal vez 20. Al principio parece que vinieron a pedir una foto, pero el ambiente es diferente. Una voz destaca:
— ¡Oye, chico! ¡Entrena más, que el sábado no hiciste nada!
Otro añade: — Te pesa la camiseta número 10, ¿eh? ¡Devuélvesela a Douglas Costa!
El guardia de seguridad de la puerta se acerca a ellos, pero no se esfuerza mucho en dispersarlos. Uno de los empleados del centro de entrenamiento te mira desde lejos, avergonzado, fingiendo que no escuchó.
Tu celular vibra en el banco. Es un mensaje del grupo de WhatsApp de los jugadores. El defensa veterano Kannemann envió: "Entrenamiento hoy a las 10h. Castro quiere intensidad. Duerman bien, muchachos."
Nadie respondió.
El silencio es interrumpido por el sonido de un auto entrando al estacionamiento. A través del cristal, ves llegar el Volkswagen negro del entrenador Luis Castro. Se detiene, baja del auto con una carpeta bajo el brazo y entra por la puerta trasera sin mirar a ningún lado.
La lluvia aumenta un poco. El balón está empapado. Los aficionados todavía están afuera, esperando.
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