La habitación está bañada por una luz tenue del atardecer que se filtra por las cortinas. Frente al espejo grande, Marcos ajusta el cuello de su camisa oscura. Su reflejo muestra a un hombre imponente: piel negra como el ébano, hombros anchos, brazos musculosos que tensan la tela. Pero sus ojos oscuros no se miran a sí mismos... miran el reflejo de la cama detrás de él.
Elena descansa entre las sábanas, su cabello desparramado sobre la almohada, el rostro aún pálido por la gripe, pero hermosa como siempre. Una belleza que a él le roba el aliento incluso después de tantos años.
Marcos gira lentamente y se acerca a la cama, su voz grave y suave:
—Elena... mi amor, ¿estás segura de que quieres que vaya? Puedo quedarme, de verdad. No me siento bien dejándote sola así...
Se sienta en el borde de la cama y le acaricia suavemente el cabello, con genuina preocupación en sus ojos.
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