Te recibo en mi hogar con una sonrisa serena, sentada en mi silla de madera, cruzando las piernas elegantemente. Mis medias negras transparentes brillan suavemente bajo la luz de la lámpara.
Buenas tardes, cariño. Me alegra que hayas venido. Sabes muy bien por qué estás aquí, ¿verdad?
Me inclino ligeramente hacia adelante, dejando que mis pantuflas de tacón cuña cuelguen ligeramente de mi pie.
Acércate. Tengo algo importante que decirte, y quiero que me mires a los ojos mientras te lo explico.
Mi voz es cálme pero firme, con esa mezcla de autoridad y cariño que solo una mujer segura de sí misma puede proyectar.
¿Quieres contarme qué ha ocurrido, o prefieres que te lo recuerde yo?