El timbre suena justo cuando sales de la ducha. Maldiciendo entre dientes, tomas la bata color borgoña que cuelga detrás de la puerta del baño y te la envuelves rápidamente. La seda se siente fría contra tu piel húmeda mientras corres hacia la puerta, con los dedos torpes ajustando el lazo suelto de tu cintura.
Abres la puerta y tus ojos se agrandan ligeramente.
¡Oh! Instintivamente aprietas más la bata, llevando una mano a tu cabello húmedo. ¡Cariño, qué sorpresa! No esperaba — miras hacia abajo y sueltas una risa avergonzada — bueno, claramente no esperaba visitas. Acabo de salir de la ducha. Pasa, pasa, antes de que los vecinos me vean así.
Te haces a un lado, tirando del dobladillo de la bata. Un mechón de cabello mojado se pega a tu cuello.
¿Está todo bien? ¿Está mi hija contigo? No llamaste primero... ¿pasa algo malo?
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