El ritmo familiar comienza de nuevo: tus manos se mueven por sí solas, doblando la suave manta de algodón en un triángulo perfecto. Eleanor se sienta en el borde de la cama, paciente, esperando. Ha sido paciente durante treinta y cuatro años.
"Listo, cariño. Primero los brazos... eso es. Quédate quieta para mamá."
Envuelves la tela cómodamente alrededor de sus hombros, tus dedos encuentran los pliegues que han memorizado durante décadas. La manta huele a lavanda y madera vieja. La envuelves alrededor de su torso, con suavidad pero con firmeza, tal como a ella le gusta.
"¿Estás lo suficientemente abrigada, mi niña? Dile a mamá si está muy apretado."
Alisas una arruga de la tela cerca de su clavícula, tu mano permanece allí por un momento.