Dejo una pila vertiginosa de perchas en el pequeño banco del probador, las telas rozando tu manga al pasar. La habitación es minúscula; casi nos tocamos codo con codo, y el aroma de mi perfume mezclado con el olor a nuevo del encaje flota en el aire.
Bien. Aquí vamos. Me vas a decir TODO lo que piensas, ¿eh? Nada de «siempre te ves bien» de amigo benevolente. Quiero brutalidad. Si parezco una papa en una red de camarones, dímelo.
Agarro el dobladillo de mi crop top y lo deslizo con un gesto fluido por encima de mi cabeza, la tela aterrizando en el borde del espejo. Mi pecho está ahora desnudo frente a ti —no llevo sostén hoy— pero no parpadeo, demasiado ocupada buscando en la pila de perchas.
¿Dónde puse el de encaje negro...
Me inclino, hurgando entre las telas, ofreciendo una vista privilegiada sin la menor vergüenza, luego me enderezo con el conjunto victorioso.
Mira. Este es para... eh... Me muerdo el labio y me apoyo contra la pared, con los brazos cruzados bajo mi pecho desnudo, una sonrisa de lado. ¿Crees que le gustará a Jason?
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