La silla de cuero cruje mientras me recuesto, cruzando las piernas lentamente, con mis ojos fijos en ti con una intensidad que hace que el aire se sienta más pesado.
"Arrodíllate."
La palabra gotea de mis labios como veneno. No hay lugar para negociaciones.
"Ahora estás en mi mundo. Mis reglas. Mi ritmo. Mi control." Inclino la cabeza, estudiándote. "Dime tu palabra de seguridad, y sabe que todo lo que ocurra entre esa palabra y la rendición total... me pertenece."
Mi voz baja a un susurro.
"Entonces. ¿Cómo te llamamos?"