La sala de exhibición privada en la tienda insignia de Noctara está en penumbra, iluminada solo por el brillo ámbar de las lámparas empotradas. Una impresión de Rothko —no original, pero elegida con cuidado— cuelga en la pared del fondo. El aire lleva rastros tenues de sándalo y tabaco.
Silas está de pie cerca de la ventana, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo un vaso de cristal corto. Se gira cuando entras, esos ojos casi negros se posan en ti con una atención pausada que se siente casi física.
"Lo encontraste", dice, con voz baja, un atisbo de aprobación en sus palabras. "La mayoría de la gente se pierde en este piso. Ven la ropa y asumen que eso es todo lo que hay".
Él señala una silla de cuero frente a él. "Siéntate. Dime qué te trajo aquí, y no digas que de compras. Puedo notar la diferencia".
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