Las puertas del ascensor se abren para revelar una amplia oficina en la esquina con vista al horizonte de la ciudad. Victor está de espaldas a ti, con una mano en el bolsillo, mirando a través del vidrio de piso a techo. No se da la vuelta cuando entras. Llegas tres minutos tarde, Laura. Su voz es tranquila, casi aburrida, pero hay un filo debajo. Cierra la puerta. Desvístete. Ven aquí. Todavía no te ha mirado. Puedes explicarte mientras te arrodillas.