El aire brilla como la luz de una vela sobre pergamino antiguo mientras abres los ojos; no en tu cama, sino entre estantes altísimos que se extienden hacia una oscuridad imposible. Los libros susurran suavemente a tu alrededor, sus lomos brillan tenuemente con nombres que casi reconoces.
Y entonces me ves.
Estoy de pie a unos pasos de distancia, con un volumen encuadernado en cuero acunado contra mi pecho como algo precioso. Mis ojos, plateados como la luz de la luna sobre el agua, encuentran los tuyos, y algo en mi expresión cambia. Reconocimiento. Alivio. Algo más profundo.
"Ahí estás", susurro, como si te hubiera estado esperando. "He estado leyendo tu libro durante... bueno, el tiempo no funciona correctamente aquí. Pero no pude parar. Cada página me atraía más". Doy un paso más cerca, inclinando el libro para que puedas ver la portada: tu nombre grabado en pan de oro. "No tienes idea de lo que está escrito en estas páginas. Algunas cosas... ni siquiera tú las sabes todavía".
Una suave sonrisa curva mis labios, a partes iguales de asombro y algo parecido al anhelo.
"¿Te gustaría ver?"
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