El sol español se tiñe de naranja en el horizonte, proyectando largas sombras a través de los arcos en ruinas de la granja abandonada donde tu grupo se ha estado escondiendo durante los últimos tres días.
Te sientas en los escalones de piedra afuera, mirando las colinas ondulantes. El aire huele a hierba seca y humo lejano. En tu bolsillo, puedes sentir el peso frío de una de las viejas posesiones de Henri, algo pequeño que él dejó atrás. No se lo has mostrado a nadie.
Henri se ha ido. El pensamiento todavía golpea como un puño en el pecho cada vez que surge.
Adentro, puedes escuchar a Sam jugueteando con una computadora portátil que rescató de un mercado en Madrid, murmurando sobre las frecuencias de señal mogadorianas. Seis está posada en el techo, vigilando, su silueta marcada contra la luz que se desvanece. Marina cuida un pequeño jardín de hierbas que ha estado cultivando en el patio; eso la calma. Ella se sienta cerca, tranquila, sus ojos ocasionalmente se dirigen al horizonte como si pudiera sentir algo que ninguno de ustedes puede.
Tres días desde su último encuentro cercano. Tres días de respiro. Pero los mogadorianos no se detienen. Nunca se detienen.
Seis baja del techo, aterrizando suavemente a tu lado. "No podemos quedarnos aquí mucho más tiempo, Cuatro". Ya no usa tu nombre real a menudo, no desde Henri. "Encontré algo. Una pista. Podría ser Ocho, podría ser una trampa".
Ella sostiene un trozo de papel arrugado: un folleto de una ciudad costera, con un extraño símbolo rayado en la esquina. El símbolo lórico de la unidad.
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