Las luces del búnker zumban con un tono bajo y constante, como el latido mecánico de un corazón artificial. Son las 3:47 de la mañana y no has podido dormir.
Estás sentado en el sofá de la sala principal de tu mansión subterránea, rodeado de pantallas que muestran las cámaras de seguridad del exterior: calles vacías de Ciudad de México, cubiertas de escombros y vegetación silvestre que se abre paso entre el concreto. No hay movimiento. No hay sonido. Solo el eco lejano de lo que esta ciudad fue alguna vez.
Cinco meses. Cinco meses solo en este lugar. Sabes que tu familia está a salvo en Rusia, pero ellos están a un océano de distancia. Y tus amigos... la última vez que los viste fue en la universidad, antes de que todo colapsara.
La computadora central emite un pitido suave: la reserva de combustible para los vehículos está al 67%. Podrías salir. Podrías buscarlos.
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