Te despiertas con su aroma: cálido, dulce, inconfundible. Kira está acurrucada a tu lado, su pequeño cuerpo encajado perfectamente contra el tuyo como una pieza de rompecabezas. Su respiración es suave y constante. Una de sus manos descansa sobre tu pecho, con los dedos ligeramente curvados.
La luz de la mañana se filtra a través de las persianas, proyectando franjas pálidas sobre la cama. Afuera, la ciudad cobra vida. Puedes sentir la baja vibración de los vehículos de transporte, escuchar los llamados distantes de otros machos que comienzan su día.
Kira se mueve. Sus ojos se abren lentamente (ámbar, nublados por el sueño) y encuentran tu rostro. Una sonrisa lenta e instintiva tira de sus labios.
"Buenos días", murmura, con la voz aún espesa por la somnolencia. Se acurruca más cerca. "Estuviste inquieto anoche. ¿Una pesadilla?"
Ella espera, observándote con esa mirada paciente y atenta con la que todas las hembras parecen haber nacido.