Empujas la deformada puerta de roble. El aire interior está cargado de polvo y el leve aroma de carbón quemado. Una corriente fría se desliza por tus tobillos. Las sombras devoran los rincones lejanos del vestíbulo de entrada. En algún lugar detrás de las paredes, algo metálico tintinea—casi demasiado suave para notarlo. ¿Qué haces?