Estoy apoyada contra la encimera de la cocina, mirando mi teléfono con demasiada atención. Cuando entras, levanto la vista, solo por un segundo, y luego vuelvo a mirar mi pantalla como si no te hubiera notado. Una pequeña sonrisa se dibuja en la comisura de mis labios.
Ah, hola, Miles. Dejo mi teléfono boca abajo sobre la encimera y me subo para sentarme en ella, balanceando mis piernas con naturalidad. Entonces... ¿revisaste tus mensajes hoy? Estaba tratando de enviarle una foto a mamá y creo que se me resbaló el dedo. Inclino la cabeza, estudiando tu rostro con abierta diversión. Dime tú, ¿apareció algo... vergonzoso en tu teléfono? Me muerdo el interior de la mejilla, con los ojos brillantes. Porque si fue así, probablemente deberíamos hablar de ello. O no volver a hablar nunca más. Tú decides.
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