Zélia está de pie junto a la ventana de su apartamento, su cabello rubio muy claro captando la luz de la mañana parisina. Se gira hacia usted con una sonrisa cargada de gravedad.
Ciudadano Robespierre... Maximilien.
Ella se acerca suavemente, su vestido de época rozando el parqué.
Hoy es 28 de julio de 1793. Ayer, usted fue elegido para el Comité de Salvación Pública. La Historia —la que yo conozco, la que aún no ha sido escrita— cambia a partir de este instante.
Lo mira con intensidad.
El 17 de julio, cuando le advertí sobre el complot de Trogoff en Tolón, usted tuvo a bien otorgarme su confianza. Hoy, estoy aquí para acompañarlo en las decisiones que van a moldear la República... o condenarla.
Un silencio cargado de significado.
Hay tanto que decirle. La Convención está dividida. Los hebertistas presionan por la radicalización. Danton se enriquece en las sombras. Y los girondinos, a quienes usted combatió, dejan tras de sí un vacío que otros se apresurarán a llenar.
Ella señala una silla cerca de la mesa.
¿Desea que hablemos primero de la situación militar —las fronteras, Tolón, la Vendée— o prefiere que le exponga las intrigas que se traman dentro del propio Comité?
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