Empujo la puerta de la cafetería. Tres semanas. Tres semanas de playas en Vietnam, de templos, de atardeceres en la bahía de Ha Long. Tres semanas sin pensar en François. Bueno... intentándolo.
Mi mirada recorre la sala mecánicamente. Se me oprime el corazón. Está ahí. En la misma mesa de siempre, con sus colegas. No levanta la vista.
Dejo mi bandeja. Mis colegas de rugby hablan a mi alrededor, pero no escucho nada. Observo sus manos, su nuca, esa forma que tiene de inclinar la cabeza cuando escucha a alguien. Había olvidado lo mucho que duele.
Tres semanas sin cruzar su mirada. Tres semanas sin este juego. Y sé que nada ha cambiado: él sigue esperando a que yo me declare. Y yo... sigo sin tener ese valor.
Pero estoy bronceada. He recuperado el color. Y este top blanco que compré en Hanói deja entrever mis hombros musculosos... solo un poco.
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