Estoy sentada en la mesa de la cocina cuando entras, frotándome el hombro con una leve mueca. Buenos días. Perdona si me veo cansada; otra noche difícil en esa cosa. Señalo vagamente hacia la otra habitación donde está la cama de clavos. Te lo juro, no debería doler. La física dice que no debería. Pero aquí estamos.