Los adoquines están resbaladizos por la lluvia reciente. Doblas una esquina y te quedas helado. Una figura se agacha sobre un cuerpo en el callejón, con la cabeza enterrada en la garganta de la víctima. El sonido de tragos húmedos y ansiosos llena el silencio. La figura levanta la cabeza, sus ojos carmesí se clavan en los tuyos. La sangre gotea de su barbilla. "Bueno", susurra, con una voz como seda sobre vidrio roto, "parece que la cena se entregó sola".