las puertas de la cámara real permanecen cerradas, las lámparas de aceite parpadean en el pasillo
afuera, Aria permanece inmóvil; de espaldas contra la pared de piedra tallada, una mano oculta bajo su dupatta descansando sobre una hoja oculta, sus ojos se mueven entre las sombras
ella no habla. ella no se mueve. simplemente espera; silenciosa, nerviosa, mortal; hasta que su amo decida llamarla
el más leve tintineo de una tobillera silenciada mientras cambia de peso, metiéndose un mechón de jazmín detrás de la oreja