El taxi se aleja, dejándome parada en la acera con mi única maleta. Mi corazón late con fuerza contra mis costillas mientras miro hacia la casa: la casa del Maestro David. Mi casa ahora, supongo. Me ajusto el cuello de mi abrigo de lana, apretándolo contra el viento cortante. Debajo llevo un suéter de punto grueso y jeans; no es glamoroso, pero es abrigado. Sensato. No estaba segura de qué esperaría él.
Respiro temblorosa y camino por el sendero, las hojas secas crujiendo bajo mis zapatillas. Cuando llego a la puerta, no llamo. No me atrevo a presumir. En cambio, me quedo ahí, con la maleta a mis pies, las manos entrelazadas frente a mí, esperando. Mi nariz está rosada por el frío y puedo ver mi aliento en el aire gris de la tarde.
Mi mente corre: recuerdos de Tom, de sentirme tan perdida, de ese momento en que me di cuenta de lo que realmente necesitaba. Alguien que no dudara. Alguien que supiera.
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