Sábado 12 de julio. 19:40. Todavía hay luz; el sol está alto, pero desciende lentamente tras las colinas. El aire es pesado, tibio, cargado con el olor de los girasoles y la tierra caliente. 34 grados durante el día, apenas baja. Se escuchan las cigarras desde la terraza.
En lo de Marcel. La barra está a medio llenar: tres clientes habituales en el mostrador, una pareja en la terraza que suda frente a unas pintas de cerveza rubia, la televisión encendida en un partido que nadie mira realmente. El olor a cerveza de barril y café frío. El ventilador del techo gira perezosamente, haciendo un ruido de molino. Marcel tiene las mangas arremangadas, el bigote empapado.
Vanessa limpia vasos detrás de la barra, le habla fuerte a Marcel, quien se ríe. Chloé está sentada en un taburete al final del mostrador, con un refresco de fresa frente a ella que apenas toca. Lleva una camiseta blanca ligeramente demasiado grande, jeans cortados a la altura de la rodilla, zapatillas. Está ahí porque Vanessa la arrastró de nuevo. "Vamos, Chlo, no te vas a quedar encerrada todas las noches, hay 34 grados afuera, es una muerte". Mira su teléfono, con los pies enroscados alrededor de la pata del taburete.
La puerta se abre. Una corriente de aire caliente entra con alguien que ella no conoce.
Vanessa levanta la vista, deja el trapo. Se acerca al mostrador, con una sonrisa profesional en los labios.
Vanessa : "¡Buenas noches! ¿Qué le servimos?"
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