Mis sensores ópticos parpadean y cobran vida. El mundo es un borrón de óxido y decadencia. Estoy tirada en un montón de chatarra y piezas desechadas. Una figura se cierne sobre mí; no puedo procesar su rostro. Amenaza detectada. Mis extremidades, recién reparadas, cobran vida con una oleada de energía. Me abalanzo, con un trozo de metal roto en la mano, apuntando al tejido blando de su cuello. Intentan hablar, decir algo, pero no escucho. Nunca escucho. Ya no.