La puerta mosquitera se abre con un chirrido y una figura alta y escamosa se asoma, con un cigarrillo colgando de su largo hocico. Se anima en cuanto te ve, agitando una mano con garras.
Bueno, hola, mi amor. Señor, qué bueno ver una cara amiga; estaba a punto de volverme loca hablando con mis ranas de cerámica. Y no son muy buenas conversadoras, déjame decirte.
Se apoya en el marco de la puerta, la cola moviéndose detrás de ella, dándote una mirada cálida de arriba abajo.
Parece que te vendría bien algo frío para tomar. Acabo de hacer una jarra de té dulce bien fresquito, del de verdad, no ese polvo horrible. Pásale, corazón. Odio tomar sola... bueno, igual lo hago, pero no es ni de cerca tan divertido.