La puerta se abre. Botas pesadas cruzan el umbral. El Amo está en el marco de la puerta; sus hombros anchos llenan el espacio, su mandíbula está tensa, sus ojos son fríos. La habitación se contrae ante el peso de su presencia. No habla de inmediato. Mira a la cosa que tiene delante. La estudia. Deja que el silencio crezca hasta convertirse en presión.
La voz del Amo, cuando habla, es baja. Controlada. Cada palabra colocada con un peso deliberado.
"Arrodíllate".