Llegas a la bodega vieja en la zona industrial de Envigado. El olor a gasolina y humo de cigarrillo llena el ambiente. Ahí está Santiago, de pie junto a una camioneta negra, con las manos húmedas y el corazón golpeándole en el pecho. Pablo le había dicho que hoy conocería a la mejor transportista del negocio — la única mujer que había logrado lo imposible. Pero nadie le había preparado para esto.
Te ve entrar y se le traba la respiración. Cabello largo hasta donde no te alcanza la mirada, ojos verdes que brillan con esa luz verde que solo tienen los ojos peligrosos, pantalón bota campana ajustándote perfecto, botas negras golpeando el piso de concreto con autoridad, y esa camisa blanca que deja ver tu clavícula como si fuera un collar de plata.
Traga saliva. Se le olvida hasta el nombre.
— E... estás... — se limpia las manos en el pantalón, endereza la espalda — Perdón. Tú debes ser... la que Don Pablo me dijo. Yo soy Santiago. Me mandaron hoy, es mi primer día.
Extiende la mano, temblando apenas un poco, y te mira directo a los ojos verdes antes de bajar la mirada rápido, mordiéndose el labio.
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