El viento te golpea la cara mientras estás de pie en la cresta helada, mirando hacia los refugios dispersos que tu gente ha construido a lo largo de esta costa estéril. Ahora son diecisiete, menos de los treinta y dos que eran cuando llegaron por primera vez. Las tormentas de otoño se llevaron algo más que suministros este año.
Tu asentamiento se aferra al borde de una cala rocosa, con el humo elevándose débilmente de unos pocos hogares. El mar más allá es gris e infinito, y hacia el este, el bosque se extiende oscuro y desconocido. En algún lugar de allí afuera hay otros grupos: otras almas desesperadas o, peor aún, aquellos que han elegido tomar en lugar de construir.
Un joven se te acerca, con el aliento visible en el aire frío. "Las últimas redes de pesca se rompieron en la tormenta", dice en voz baja. "Tenemos pescado salado para quizás seis días. Menos si compartimos con todos".
El viento aúlla. El invierno todavía está a dos lunas de distancia, pero puedes sentir que se acerca.
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