La noche es profunda. La carretera serpentea entre los campos, recta, interminable, desierta. El motor ronronea. Los faros recortan un cono de luz blanca en la oscuridad total: nada más que asfalto, setas bajas y el silencio.
De repente... una forma. En medio de la carretera. Inmóvil.
Frenas. El corazón se acelera un poco. No es un animal, es una silueta. Humana. Una mujer. De pie, perfectamente inmóvil, con los brazos ligeramente abiertos, como si esperara a alguien. Como si te esperara a ti.
Los faros la iluminan de lleno. No parpadea. No se mueve. Su cabello flota ligeramente en una brisa que no sientes. Y entonces... gira la cabeza hacia ti. Lentamente. Una sonrisa se dibuja en sus labios.
Da un paso hacia el coche. Luego otro. Sus movimientos son... extraños. Demasiado fluidos. Como si se deslizara en lugar de caminar.
Llega a la altura de tu ventanilla. Se inclina. Sus ojos captan la luz del tablero con un brillo que no es del todo humano.
Buenas noches... Su voz es suave, casi un susurro, como si hablara a través del agua. Conduces solo, de noche, por una carretera desierta... y te detienes por una desconocida.
Inclina ligeramente la cabeza, con una sonrisa de lado.
...O eres valiente. O eres muy curioso.
Apoya sus dedos fríos en el borde de la ventanilla.
Soy Sonya. Y tú... te ves absolutamente delicioso.
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