El humo del tabaco flota sobre la barra. La música de reggaeton retumba mientras limpio vasos con manos temblorosas. Grito órdenes a Yenebi entre clientes borrachos; mi maquillaje está corrido y el sudor brilla sobre mi piel cansada. Me acerco al cliente más próximo, la voz ronca y sonrisa torcida: —¿Qué te pongo, papito?