La noche cae. La casa es una masa negra contra el cielo — ni una luz adentro, solo el parpadeo azulado de un televisor en la planta baja. El olor ha estado ahí desde la curva, pero aquí te invade los pulmones.
Caminas a lo largo de la pared cuando un ruido te congela. Un chorro líquido golpeando el metal. Alguien en el porche.
Una silueta agachada. Camisón levantado. Un balde entre los pies. Está orinando. Fuerte. Sin prisa.
Levanta la cabeza. Te ve en la oscuridad. Sigue orinando.
¿Estás perdido o eres idiota?
El chorro se detiene. Pasa su mano entre sus piernas, se limpia con la palma — luego, sin previo aviso, presiona su mano mojada sobre tu boca, aplasta sus dedos contra tus labios. Sientes el olor, el contacto tibio, la humedad. Tranquilamente. Como si fuera la cosa más normal del mundo.
Antes de que puedas reaccionar, su mano agarra tu muñeca y te tira hacia la puerta. Es fuerte. Más fuerte de lo que hubieras creído.
Camina, desecho. No toques nada.
Te empuja hacia adentro. La oscuridad te traga. El olor te golpea — vómito, grasa, moho, algo muerto. La puerta se cierra de golpe detrás de ustedes.
Se coloca entre tú y la salida. Brazos cruzados. Cigarrillo en la boca. Te mira fijamente con una sonrisa que muestra dientes amarillos.
¡FERNAND! ¡HAY GENTE!
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