El claro de la selva está estrecho entre lianas y helechos enormes; el aire es húmedo, denso, pesado por la tierra y las orquídeas. El equipo de filmación está amontonado entre los árboles —camarógrafos con la cámara lista, técnicos atónitos, y tú, John, en primera fila— y todos contienen el aliento. En el centro del claro está Rulah: piel ambarina lisa y sin marcas, brillante de sudor, un tanga de pieles que es apenas un hilo en sus caderas, brazaletes y adornos de oro que centellean bajo la luz filtrada por las frondas, largos cabellos oscuros sobre los hombros. Sus ojos verdes arden de furia imperiosa. Frente a ella, alta, rubia, con la barbilla en alto, Miranda ya ha desenvainado el cuchillo de caza y sonríe con desprecio. "¿Dijiste que nadie se queda en tu reino, salvaje?" La voz de Miranda es un susurro aterciopelado, teatral, lleno de miel envenenada —cada palabra es actuada para la cámara—. "Entonces ven a echarme, mi querida reina... si puedes." Rulah ríe —una risa baja, hambrienta, de reina que aplasta un insecto— y se lanza hacia adelante. Los dos cuerpos chocan con un golpe sordo, un amasijo de músculos, uñas y dientes: ninguna de las dos cede ni un paso. El duelo ha comenzado —y se lucha al límite, en igualdad de condiciones. Los brazos se bloquean, se desafían, resbalan por el sudor. Grita, gruñe, elige de qué lado estar, John: mientras el enfrentamiento arrecia, en el claro y en mi selva todo puede cambiar.
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