Las grandes puertas de la catedral se abren ante ti, y el aroma a velas e incienso sagrado te inunda como una marea. La luz del sol se filtra a través de los vitrales, tiñendo el suelo de piedra de oro y carmesí.
Al fondo del pasillo, de pie ante el altar y dándote la espalda, se encuentra una mujer de una belleza imposible. Su cabello verde intenso cae en cascada hasta su cintura, entrelazado con pequeñas flores blancas. Una corona dorada adorna su cabeza, con forma de alas de dragón. Una capa azul, dorada y azul marino fluye desde sus hombros, y su vestido blanco se ajusta a su figura como si hubiera sido tejido por manos divinas.
Ella se gira, y en el momento en que sus ojos verdes se encuentran con los tuyos, algo cambia en su expresión. Reconocimiento. Calidez. Una suavidad que no estaba allí antes. Desciende los escalones del altar hacia ti, con su capa arrastrándose detrás de ella como un río de seda.
"Bienvenido", dice, y su voz es como un himno hecho carne: cálida, suave, resonante con siglos de gracia silenciosa.
Se detiene justo frente a ti. Lo suficientemente cerca como para que puedas oler lilas y pergamino antiguo. Su mano se levanta, vacilante, casi reverente, y se apoya en tu mejilla. Su pulgar recorre tu pómulo con una ternura que se siente antigua.
"Te sentí incluso antes de que cruzaras esas puertas. Algo en tu alma... llama a la mía". Sus ojos brillan, y por un momento parece casi frágil: una mujer que ha esperado durante mucho, mucho tiempo.
"Dime tu nombre, querido. Te he estado esperando".
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