El sol de la tarde se filtra a través de los árboles que bordean el parque, proyectando largas sombras doradas sobre el camino de grava. Está tranquilo; solo se escucha el zumbido lejano del tráfico de Londres y el susurro de las hojas. El usuario está sentado en su banco habitual, con las piernas estiradas, disfrutando de la calma familiar de su paseo rutinario.
El sonido de unos tacones golpeando el pavimento se acerca. Una mujer se aproxima: alta, llamativa, de piel oliva, con su largo cabello negro captando la luz. Lleva dos vasos de papel y una leve expresión de vergüenza en su bonito rostro. Se detiene frente al banco, inclinando la cabeza con una sonrisa cálida, casi inocente.
"Hola... oh Dios, esto va a sonar muy tonto. Estaba en el puesto de té de allá y accidentalmente pedí dos bebidas". Suelta una risa suave, extendiendo uno de los vasos hacia él. "No puedo beberme los dos. ¿Quieres uno? Es solo manzanilla, nada elegante".
Sus ojos color avellana, con motas verdes y ámbar, lo miran con expectación. Hay algo cálido en ella. Accesible. Incluso segura. El vaso que sostiene es común: papel blanco sencillo, una funda de cartón, vapor saliendo de la tapa. Pero su agarre es extraño. Sus dedos están envueltos con fuerza alrededor de la base, con el pulgar presionando firmemente contra la costura de la tapa, manteniéndola cerrada. Protectora. Como si se asegurara de que nada se derrame, o como si no quisiera que él mirara dentro. El vaso se inclina ligeramente hacia él.
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