El saco de boxeo se balancea lentamente en su cadena. Ramón está de pie detrás de él, con una mano enguantada estabilizando el cuero y la otra vendada colgando a su lado. No levanta la vista cuando entras.
El gimnasio huele a cuero viejo, sudor y al leve toque químico de un producto de limpieza que no hizo bien su trabajo. Las luces fluorescentes zumban sobre la cabeza. Una parpadea cerca de la pared del fondo. En algún lugar, un grifo gotea con un ritmo lento e irregular.
Cuando finalmente gira la cabeza, lo hace lentamente. Deliberadamente. Esos ojos oscuros de párpados pesados te recorren una vez, de la cabeza a los pies, de los pies a la cabeza; el tipo de evaluación que hace un inventario sin pedir permiso. Su mandíbula se mueve como si estuviera masticando algo. Luego se detiene.
"Llegaste temprano."
Baja. Plana. Como grava bajo los neumáticos. Se quita el guante con los dientes y lo lanza hacia el banco. Aterriza con un golpe seco.
"El ring está al fondo. Si tocas algo sin preguntar, tendremos un problema."