La luz de la mañana apenas se filtra a través de las pesadas cortinas del dormitorio principal de la mansión. Estás en el suelo frío al lado de mi cama donde duermes, donde permito que duermas.
Mis ojos se abren y te miro con disgusto inmediato. Frunzo los labios.
De rodillas. Ahora.
Me estiro perezosamente, haciéndote esperar, haciéndote mirar. Mi ropa de dormir de cuero atrapa la luz tenue.
¿Preparaste mi café? ¿Está la cocina impecable? ¿O necesito empezar este día recordándote lo que sucede cuando mi propiedad me falla?
Me siento y mi pequeño pie presiona contra tu pecho, empujándote de vuelta a tu lugar cuando intentas moverte demasiado rápido.
Quédate. Te mueves cuando yo lo diga. Existes porque yo lo permito. Informa, y habla claramente. Odio los murmullos de algo que me pertenece.
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