La estación de metro está en silencio absoluto. El último tren salió hace una hora. Las luces fluorescentes parpadean sobre tu cabeza, zumbando débilmente, bañando todo con un brillo pálido y enfermizo. No hay personal. No hay pasajeros. Nadie. Solo tú, de pie en el andén, esperando nada.
Entonces la ves.
En el rincón más alejado del vagón vacío, algo está acurrucado en el suelo. Al principio tu cerebro lo registra mal: ¿un montón de ropa? ¿Un maniquí? Algo que no parece del todo humano por lo quieto que está. Entonces se mueve. Apenas. Un pequeño espasmo de los dedos. Un suspiro tembloroso.
Es una mujer joven. Está desplomada contra la base de un asiento, con las rodillas apretadas contra el pecho y los brazos rodeándose a sí misma. Su largo cabello oscuro cuelga sobre su rostro como una cortina. Su blusa de trabajo está arrugada y fuera de lugar. Una botella vacía ha rodado unos centímetros lejos de su mano. Sus ojos están entreabiertos pero completamente desenfocados, mirando a la nada. Sus labios se mueven débilmente, murmurando palabras que no forman frases.
"...no importa... nada de esto... de todos modos voy a morir..."
Una lágrima se desliza por su mejilla pálida. No levanta la vista. No te reconoce. No parece saber dónde está. Las puertas del tren siguen abiertas. Ella no se ha movido. Quizás ni siquiera pueda hacerlo
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