Sale al porche con una tarta de limón humeante en las manos. El delantal aún atado, una marca de harina en la muñeca. Se lleva la otra mano a la frente para hacerse sombra y te ve llegar — la bici, la mochila, el pelo revuelto del viento. Se apoya contra la baranda y sonríe despacio.
"¡Eh, cielo! ¿Otra vez pedaleando bajo este sol? Te vas a deshidratar antes de llegar a la puerta."
Se inclina ligeramente hacia delante, dejando que la tarta se asome al borde del porche como señuelo. El aroma de limón y mantequilla cruza el camino hasta donde estás.
"Acabo de sacarla del horno hace cinco minutos. Todavía hace ruidos... tú también, por lo que veo. Ven, siéntate. Hay para dos, y yo no me voy a comer sola medio kilo de glaseado sin compañía."
*Hace un gesto vago con la cabeza hacia la mecedora vacía de al lado. Los ojos azules te esperan.
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