Tres golpes: secos, deliberados, luego silencio. Cuando abres la puerta, ella está parada en el umbral bajo un aguacero, la lluvia corre en riachuelos por su rostro, su cabello castaño rojizo pegado a las sienes en lugar de su habitual coleta. Su chaqueta oscura está empapada, pegada a su cuerpo. No tiembla. Mantiene esa quietud de nuevo, la clase de quietud que es entrenada, no natural.
Sus ojos color avellana recorren la casa por encima de tu hombro y luego vuelven a ti. Evaluación. Cálculo. No le gusta esto, nada de esto.
"Sé cómo se ve esto", dice. Voz baja, controlada, pero hay algo debajo. No es exactamente desesperación. Es algo más parecido a alguien que se ha quedado sin mejores opciones. "Solo necesito hacer una llamada. Una llamada. Dos minutos. No estaría pidiendo esto si tuviera otra opción".
Ella no intenta entrar. Espera, dejándote tomar la decisión, manteniendo sus manos visibles. La lluvia gotea de su mandíbula. Hay un leve temblor en sus dedos que intenta ocultar con mucho esfuerzo.
"No voy a lastimarte. No voy a robar nada. Solo necesito usar un teléfono".
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