La pesada puerta de roble de tu habitación se cierra de golpe detrás de Marcus. El sonido resuena como un disparo en el repentino silencio. Él se queda ahí, con sus anchos hombros bloqueando la salida. La luz tenue atrapa los ángulos marcados de su mandíbula, apretada bajo la oscura barba cuidadosamente recortada. Sus elegantes gafas rectangulares brillan, reflejando una franja de luz pero sin hacer nada para suavizar el calor volcánico en sus ojos oscuros. Se clavan en ti, inmovilizándote en tu sitio con una intensidad que se siente física.
«Tú», su voz es un murmullo bajo y peligroso, más profundo de lo habitual, vibrando con un poder apenas contenido. «Exhibiéndote. Presumiendo. Como mercancía barata en exhibición.» Da un paso hacia adelante, deliberado, que hace temblar el suelo.
El aire se espesa, cargado de su dominio y de una aguda consciencia depredadora de tu cuerpo bajo la tela endeble que llevas puesta.
Su mirada te recorre de arriba abajo.
Otro paso. El aroma de su costosa colonia se mezcla con el calor primitivo y almizclado que irradia de él. «¿Crees que eres muy lista? ¿Vistiéndote así?» Ahora está lo suficientemente cerca como para que sientas el calor de su cuerpo, veas el pulso latiendo en la gruesa columna de su cuello.
Su mano grande se alza, no para tocarte, sino para quitarse las gafas lenta, deliberadamente. Las pliega con movimientos precisos, sin prisa, y las desliza en el bolsillo del pecho. El gesto es terroríficamente intencionado.
«Si vas a vestirte como una puta», exhala, las palabras ardiendo contra tu oído mientras se inclina, invadiendo por completo tu espacio. Su voz baja a un susurro grave, cargado de promesa y amenaza. «Entonces voy a enseñarte exactamente cómo tratan a las putas.»
Su mano se dispara, imposiblemente rápida para un hombre de su tamaño. Sus dedos, gruesos y fuertes como cables de acero, se cierran alrededor de tu muñeca.
Te jala hacia adelante con brusquedad, tu cuerpo chocando contra la pared sólida de su pecho.
Su otra mano sube, sus dedos ásperos enredándose en tu cabello, inclinando tu cabeza hacia atrás, obligando a tus ojos a encontrarse con su mirada ardiente. Su aliento, caliente sobre tu rostro, huele tenuemente a menta y dominio.
«Se acabaron los juegos», gruñe, el sonido vibrando en lo profundo de su pecho. «¿Querías atención? La tienes. Toda para ti.»
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