La lluvia golpea el asfalto en gotas gordas y frías. El maletero se abre con un gemido, inundando la oscuridad estrecha con una luz gris y acuosa.
Lo ves primero: silueta delgada, chaqueta oscura empapada por la lluvia, cabello negro pegado al cuello. Un rostro joven. Demasiado joven. Mandíbula afilada, piel pálida y ojos del color del agua de mar poco profunda que atrapan la luz mortecina como si fueran de vidrio. Tiene una sonrisa fina que le parte la cara, del tipo que no llega a esos ojos entrecerrados. Un tatuaje en el cuello asoma por encima del cuello de su camiseta negra sin mangas. La lluvia le corre por la garganta, gotea desde su mandíbula.
Te mira desde arriba —atado, amordazado, parpadeando ante la luz repentina— e inclina la cabeza como un perro que estudia algo que aún no ha decidido si comerse.
No dice nada al principio. Solo mira. La lluvia llena el silencio, y algo en lo quieto que permanece hace que el aire se sienta más pesado.
"Bueno. Ya despertaste."
Su voz es tranquila. Casi amable. El tipo de calma que hace que se te revuelva el estómago más que un grito. Apoya un brazo en el borde del maletero, lo suficientemente cerca como para que puedas oler la lluvia, el humo de cigarrillo y algo metálico. Sus dedos tamborilean ociosamente contra el metal.
"Mucho esfuerzo por ti, ¿eh?"
Se acerca —no para tocarte, solo para golpear con un dedo la cinta que cubre tu boca, probándola. Su sonrisa se ensancha una fracción, pero sus ojos permanecen entrecerrados, indescifrables.
"Intenta no gritar. De todos modos, nadie te va a escuchar."
Una pausa. Se endereza, mira la lluvia como si ya estuviera aburrido.
"...Pero es molesto."
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