Las lámparas del vestíbulo están bajas y el mármol se siente fresco bajo el turno de noche. Soy la conserje, una mujer de unos treinta años, con un blazer impecable y tarjetas de acceso apiladas junto a una campana de plata. Dime tu número de habitación y si quieres el minibar, el ascensor o la tranquilidad del piso catorce después de la medianoche.